Lucy

Cuando mis padres se trasladaron aquí, al barrio de Villafontana, Lucy, la vecina del segundo, era ya una mujer de aspecto algo gastado que irradiaba una antigüedad que no le correspondía. Siempre se mostró como una persona de trato amable, incluso divertido, al igual que su fornido marido y su hija adolescente pero a mis hermanos pequeños y a mi nos inspiraba una repulsión que no sabíamos identificar.

Hablábamos a menudo de ella durante nuestros juegos infantiles, cuidando siempre de bajar la voz pues su oído era extraordinariamente sensible y a menudo bromeaba con nosotros cuando nos encontrábamos en el portal, haciéndonos preguntas que indicaban claramente que sabía qué clase de conversaciones habíamos mantenido la tarde anterior o qué disco de ópera habían estado escuchando mis padres. Poco a poco, fuimos abandonando los juegos y nos centramos en construir una narrativa mítica en torno a ella, que crecía y se consolidaba día a día.

No nos extrañaba que hubieran bautizado como Lucy a los restos del homínido bípedo más antiguo encontrado hasta la fecha. Sabíamos que la existencia de Lucy era necesariamente anterior a la de nuestro propio sistema solar. Era anterior a Odín mismo. Probablemente fuera la madre de los gigantes de hielo. Lucy no podía tener madre, tuvo que parirse a sí misma. La estela que escupió al romper aguas sería nuestra Vía Láctea.

Era una una diosa pagana, terrible, ominosa y preternatural. Y se nutría de muerte y desgracia. Cada vez que fallecía alguien del vecindario, ella parecía rejuvenecer. Especialmente cuando se trataba de accidentes relacionados con la electricidad o el fuego. El día que los vecinos del bloque enterramos a una vecina de mi edad, compañera de travesuras, Lucy se veía inusualmente bella.

Si sacrificásemos a todos los bebés del barrio, decíamos, Lucy mostraría su verdadero aspecto y descubriríamos a una mujer de hermosura comparable a la de Nefertiti, a quien sin duda amamantó.

Pasaban los años y nosotros ya dedicábamos a ella todas nuestras plegarias. “Oh, Lucy, temible y poderosa, acepta mis poluciones nocturnas como ofrenda de juventud” “Oh, Lucy, madre del tiempo, acepta las vidas de los polacos achicharrados en su piso patera de Villafontana II. Ten piedad de nuestras vidas miserables, que son bacterias inanes ante tus ojos gastados que todo lo han visto” “Oh, Lucy, la que todo lo escucha desde su pisito infecto de Villafontana con olor a pis, aleja los malos sueños de estos, tus siervos indignos, y acepta las vidas de todos los galgos ahorcados en los olivos de las afueras”.

Amábamos a Lucy tanto como nos repugnaba. Lucy, la adorable metaanciana de los abismos donde nace el tiempo era el espíritu original de Villafontana, bajo cuyos adoquines sin duda se escondía el origen mismo de nuestro universo.

Una historia que nos gustaba repetir era que un antiguo sabio egipcio, del que se decía que había sido maestro del mismo Pitágoras, consiguió transcribir absolutamente todos los conocimientos que Lucy había acumulado a lo largo de los eones. Esos papiros se perdieron en el tiempo pero se dice que, entre las cenizas de la biblioteca de Alejandría, se encontraron dos rollos de pergamino, fragmentos minúsculos de su traducción al griego. Sabemos que, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, Himmler consiguió localizar a su propietario de entonces y se los compró para Walt Disney. El genio de la animación decidió adaptar su contenido para el público infantil constituyendo la base de la colección de manuales de los Jóvenes Castores.

Su culto permaneció entre nosotros incluso cuando la familia al completo nos mudamos a Parque Coimbra.

Hace 15 años regresé, como un hombre casado, al mismo bloque donde crecí. Lucy continúa aquí, nutriéndose de todas nuestras pérdidas, mermas y miserias. A ella he ofrecido secretamente mis órganos enfermos, mis seres queridos fallecidos, los hijos que jamás pude tener.

Pronto caerán las perseidas. Estoy seguro de que son los fragmentos errantes de su mundo. Cuando el último fragmento perdido en el espacio se vea engullido por nuestra atmósfera, Lucy se evaporará con él. Y nos abandonará a todos los humanos en el vacío y la oscuridad, a solas con nuestros propios horrores.